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Por el bien de Fukushima

El 11 de marzo de 2011, a las 14:46 (6:46 de la mañana en Madrid), la tierra del noreste de Japón tembló con furia durante 6 minutos.

Un terremoto de magnitud 9 golpeó el litoral del país, al este de Tōhoku. Y, como la primera ficha de un dominó que desencadena el derrumbe de las que la siguen, inició una devastación que se llevó por delante casi 16 000 vidas, detonando además el desastre de la Central Nuclear de Fukushima Daiichi, y arrasando todo el noreste de Japón. Las estructuras que quedaron en pie se torcieron, desplazaron y llegaron a hundirse hasta más de un metro bajo una tierra que se había convertido en líquido y se encontraba ahora severamente contaminada.

El Señor Sugiuchi, un agricultor de arroz orgánico que llevaba 18 años labrando los campos de Minamisoma, sobrevivió. Al encontrarse a 25 kilómetros de distancia de la Central Nuclear de Fukushima, sus tierras fueron contaminadas por niveles peligrosamente altos de cesio: “A pesar de que el arroz que producíamos en la prefectura de Fukushima se inspeccionaba minuciosamente y sólo se despachaba cuando podíamos confirmar su seguridad, la mala reputación perjudicó tanto nuestro arroz que ya no pudimos venderlo. Poco a poco nos fuimos desmotivando”, nos contaba Sugiuchi. “No podíamos hacer nada más y la mayoría de nosotros nos vimos obligados a dejar de cultivar.”

El mayor terremoto registrado en la historia de Japón planteó una serie de preguntas; sobre todo por el hecho de que el mayor daño a largo plazo había sido causado por el ser humano: las consecuencias del desastre nuclear de Fukushima. Cuando Hiroko Tabuchi, una reportera del New York Times afincada en Tokyo, visitó el lugar después del terremoto, se le entregó una carta escrita por Tomoko-san, madre de dos hijos y originaria de Fukushima. Se sintió en la necesidad de traducirla para que pudiese llegar a todo el mundo. Ésta decía: “Tenía ocho años cuando la Central Nuclear de Fukushima abrió. Si hubiese comprendido lo que estaban construyendo, habría luchado contra ello. En aquel entonces no era consciente de que albergaba peligros que terminarían amenazando la seguridad de mis hijos, los hijos de mis hijos, y después la de sus hijos, respectivamente.”

La primera pregunta que le hicimos al señor Sugiuchi fue: “¿Cómo podemos regenerar una comunidad?”. Él nos respondía que “lo más importante es enfrentarte a la realidad como la misma realidad que es. Después, desde ahí, tu única opción es plantearte qué puedes hacer. En mi caso fue intentar parar la ya avanzada devastación de las tierras y los campos, e intentar encontrar una forma práctica de seguir adelante.”

La primera pista le llegó desde Chernobyl, Ucrania. Quizás era de esperar que días, semanas e incluso años después del desastre, todavía saliese el caso de Chernobyl al hablar de Fukushima. Si tenemos en cuenta el desastre nuclear que tuvo lugar allí en 1986, ésta era la única comparación posible cuando se conjeturaba sobre las sombrías consecuencias a largo plazo para Fukushima, como por ejemplo el incremento de casos de cáncer de tiroides. Tres meses después del accidente, este caso le dio ideas al señor Sugiuchi para la recuperación de Fukushima.

Lo invitaron a Tochigi, una prefectura muy cercana a Fukushima, para que pudiese aprender todo sobre la colza y sobre cómo el uso de ésta había conseguido descontaminar grandes superficies del territorio ucraniano. Lo que hace de la colza una planta tan útil es su capacidad de eliminar algunos radioisótopos de la tierra, incluido el cesio irradiado. El cesio es soluble en agua; la planta de colza lo absorbe pero el aceite que se obtiene de sus semillas se mantiene libre de contaminantes y por eso se puede extraer y usar sin ningún tipo de riesgo en aceites vegetales, biocombustibles y cosmética.

“Mientras aprendía sobre la producción del aceite de colza también se me ocurrió que ésta sería una gran oportunidad para reconectar entre nosotros. Después del desastre las calles estaban vacías, la gente no salía de casa demasiado; cuando te encuentras en una situación así, tu punto de vista comienza a reducirse y terminas encerrándote en ti mismo”, nos decía Sugiuchi. 

En otoño de 2011, plantó la primera planta de colza en sus tierras. En septiembre de 2014, ya podíamos empezar a ver germinar la semilla de la comunidad gracias al aceite de colza “Yuna-chan”, con estudiantes de instituto ayudando en la recogida y la imagen de marca del producto.

Cinco años después del desastre, podemos ver algunas áreas que comienzan a recuperarse. Pero en las máquinas expendedoras de Namie, el pueblo más cercano a la central nuclear de la zona restringida, seguimos viendo latas de refrescos adornando edificios vacíos y abandonados. Bicicletas de todos los tamaños alineadas y olvidadas por sus dueños, y montones de periódicos sin leer del día que el tsunami golpeó el país, aún guardados en sus bolsas de plástico azules.

Lo único que falta es la gente.

Despacio pero sin descanso, los trabajadores despejan las zonas devastadas para después volver cada noche a los alojamientos temporales en las inmediaciones de la zona restringida. En estas áreas de las afueras, el horizonte se ve ocupado por pilas de bolsas negras industriales. Cada una de ellas espera su próxima incineración, repleta de restos y mantillos contaminados.

Mientras tanto, los cultivos del señor Sugiuchi se agitan al viento, contrastando con el paisaje que los rodea y dándole un halo de esperanza. Flores de un amarillo canario crecen a la altura de la cintura para que, al llegar el invierno, una capa de densa nieve vuelva a cubrirlas y aislar sus raíces.

La colza es un emblema de la ambición del pueblo de Minamisōma donde Sugiuchi, su compañero de profesión Kenro Okumura y el activista de ONG Toshihisa Kamitana han formado el Consejo de Minamisōma por la Regeneración de la Agricultura. Los lugareños llevan al Centro de Medición de Radiación su comida y provisiones de agua para que sean examinadas. En los paneles solares de la Planta de Energía Renovable se alinean los techos de los invernaderos, desafiantes, demostrando su valía en contraste con las devastadoras consecuencias de las energías insostenibles que los rodean.

El grupo planea poder revender pronto la energía a la comunidad y Sugiuchi sigue mirando al futuro y quiere “producir biocombustibles con nuestro aceite y crear un sistema que sea beneficioso tanto para nuestra sociedad como para la Tierra. Creo que estos objetivos están muy conectados con la restauración de nuestra región.” Podemos ver un punto en común en todos sus proyectos: busca cuidar las conexiones humanas y unir todas las generaciones de Minamisōma.

Fukushima es un lugar que se encuentra ahora en el punto de mira. En una región donde durante años hemos podido ver fotografías que reflejaban el abandono y la devastación, ahora se está creando un modelo de regeneración y energías del futuro.

Drop Of Hope Gourmet Soap
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Tras ver todo lo que este sensacional cultivo estaba ayudando a regenerar las tierras y la comunidad de Fukushima, nos pareció que tenía sentido incluirlo todo en un elaborado jabón gourmet. Está mezclado a mano con tofu y champiñones, y lo hemos llamado así porque Tsunagaru Omoi significa “Corazones conectados”. El crecimiento de la colza representa la esperanza para el futuro de las comunidades afectadas por el desastre.

El jabón salió a la venta el 1 de marzo de 2016, justo cinco años después del tsunami. Coincide con el Día Blanco japonés: el 14 de marzo (justo un mes después de San Valentín) un día festivo en el que es costumbre en el país nipón el intercambio de regalos. Este día conecta corazones por toda la nación así que se presentó ante nosotros como una oportunidad perfecta para dar apoyo a todas esas comunidades que aún se encuentran reconstruyendo sus vidas tras las consecuencias del desastre.

Si quieres saber más, ¿por qué no le echas un vistazo a este vídeo? Puedes lanzar un mensaje de solidaridad y apoyo, sin importar dónde te encuentres ni de dónde seas, con el hashtag #ForFukushima, tanto en Twitter como en Instagram. También puedes coger, enjabonar, moldear y lavarte el pelo con una barrita multi-usos de FUN: 12 céntimos de cada 200g vendidos son donados a organizaciones grassroot, que proveen a los niños afectados por el desastre nuclear de diversión y actividades recreativas.

#ForFukushima

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