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Migrantes LGTBI+: "Mucho por hacer y por escribir"

En Venezuela a la madre de Israel no le faltan las medicinas para la tensión, las recibe con frecuencia desde España donde vive su hijo, que huyó hace dos años del país “por ser gay y periodista”. Ahora ayuda a otros migrantes y refugiados en Kifkif, la asociación que le acogió al llegar a Madrid, donde le queda “mucho por hacer y mucho por escribir”.

“En Venezuela la homosexualidad no está penada, pero sí perseguida”, explica Israel Pedroza, responsable del área de comunicación de esta Asociación de Migrantes y Refugiados LGTBI+. 

Al otro lado del Atlántico ya escribía sobre la escasez, la falta de libertades y el horror de ver a niños comer de la basura, preparándose de alguna forma “para lo que iba a encontrar aquí”. 

Fueron precisamente sus historias las que pusieron a Israel en el punto de mira, tal y como explica: “Hasta en dos ocasiones llegaron a apuntarme con un arma y advertirme que tuviera cuidado con lo que escribía. La segunda vez dije me voy”.

Antes de amenazarlo de muerte, le dijeron que iban a hundir su carrera, sacando a la luz su homosexualidad. Cuando no pudo más huyó a Colombia, donde muchas personas en situaciones extremas escapan con la idea de ahorrar algo de dinero y comprar un billete a España.

A través de su experiencia, Israel pudo ayudar a otros que llegaron sin nada. Y aunque le dijeron que no escribiera más no ha dejado de dar voz a las personas que llegan a Kifkif, la mayoría desde Latinoamérica, el este de Europa y el norte de África.

Una de ellas es Teresa, una chica trans de Ecuador que “lo tenía todo en su país”, pero que se vio obligada a llevar una doble vida cuando incluso había cambiado su nombre. 

Además tenía una pareja, “totalmente invisibilizada al ser de origen ruso”, y lo dejó todo porque el asedio era constante: en el salón de belleza que tenía ya no quedaban más cristales que romper y su casa, situada justo arriba, también se había convertido en blanco de la LGTBIfobia.

“Tuvo que huir y dejar a su amor y siente que su tiempo quedó allí pausado”, explica Israel.

También se fue George. Él es de Perú, pero vivía en Venezuela cuando los médicos le dijeron que solo había dos meses disponibles de medicación para tratar su VIH.

Este peruano de más de 60 años, “enamorado del rock, el snowboard y el patinaje”, disfruta como un chaval de 20 ahora que las medicinas están a su alcance.

Por otras razones llegó Josh a España desde Colombia, donde la guerrilla repartía por las calles panfletos para prohibir, bajo peligro de muerte, que salieran a la calle después de las diez “delincuentes, drogadictos, lesbianas y gays”.

“Lo que hacían con los que no cumplían con esta limpieza social era asesinarlos, pero es que los torturaban primero de la peor forma posible”, dice Pedroza.

Kifkif ha servido de refugio a los que llegaron sin nada, buscando asilo por su identidad de género y orientación sexual. Como Israel hace dos años, todos han encontrado acogida, apoyo y asesoría en la organización que creó el marroquí Samir Bargachi y que tiene tres sedes en Madrid, una en la Puerta del Sol y otras dos en Alcalá de Henares y Getafe.

También cuenta con un piso de acogida, un espacio seguro donde las personas más vulnerables, víctimas de delitos asociados a la LGTBIfobia, pueden vivir en paz y volver a sentirse como en casa.

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