DESTACADO

Envases: ¿en qué punto estamos?

En nuestro planeta hay un legado monumental de una gran civilización, tan grande, que se puede ver desde el espacio. No, no es la Gran Muralla China, sino una gigantesca isla de basura que inunda el océano. Una montaña de plásticos, de un millón de metros cuadrados, que recibe el nombre de séptimo continente. Los microplásticos tóxicos ya han empezado a formar parte del ecosistema y de la cadena alimentaria, convirtiéndose en el legado que dejamos a las generaciones del futuro.

Pero, ¿cómo han llegado hasta allí? Y, lo más importante, ¿cómo hemos dejado que esto pase? La basura que ahora amenaza a los mares y océanos solo es una parte de toda la que hay repartida por el planeta. Aunque ahora resulta difícil de imaginar, en los años XX el plástico prometía ser el invento del siglo, un nuevo material codiciado, entre otras cosas, por su longevidad. Sin embargo, esta sustancia se ha convertido en el símbolo de una sociedad de usar y tirar. Las cifras hablan por sí mismas: el 50% de todo el plástico que se utiliza en el mundo solo se usa una vez antes de acabar en la basura.

Lejos de estar limitado a ciertos usos, el plástico es el material preferido para envasar prácticamente todo. Se produce de forma incontrolada, aunque ni siquiera sepamos qué será de él en el futuro. Piensa, por ejemplo, en las botellas de plástico, en el mundo se consumen cada minuto 1 millón.  

Y las cosas van de mal en peor porque a esta fatal tendencia se suman también los países en vías de desarrollo, que están adoptando los hábitos de consumo de las naciones occidentales. Unos hábitos que buscan la comodidad, que se basan en la superproducción y en el consumo más feroz. En los últimos 50 años la producción de plásticos en todo el mundo se ha multiplicado por 20, generando un total de 320 millones de toneladas.

Las botellas de plástico son el símbolo de una cultura consumista que busca la satisfacción inmediata sin prestar demasiada atención al caos que causa su desdén. Nos encantan, al menos su contenido, aunque solo por un rato. Luego las tiramos a la basura y van a parar al mar, junto a las otras toneladas de plástico que ya lo ocupan.

Sobra decir que el plástico no es el malo de la película. Lo son, sobre todo, los fabricantes y, aún más, los consumidores. Nuestras decisiones tienen un gran impacto en el mundo en que vivimos, por eso, si dejáramos de comprar bolsas de plástico de un solo uso, obligaríamos a fabricantes y vendedores a dejar de envolverlo todo con ellas.

Tal y como pasó con el plástico, que algún día se consideró una genial alternativa a la rigidez de la madera, el cristal o el metal, otros materiales -biodegradables y más respetuosos con el medioambiente- irrumpirán en escena para usurparle el trono.

Hace poco se ideó un envase comestible hecho a partir de proteína de leche, que es perfecto para envasar alimentos porque, además, evita que se deterioren, impidiendo que el oxígeno llegue a los productos. Otro bioplástico que tiene mucho potencial es uno inspirado en la naturaleza y que, igual que la cáscara de naranja, no empieza a degradarse hasta después de ser utilizado. Los científicos han ido todavía más allá y han propuesto una alternativa a la botella de plástico que nada tiene que ver con químicos dañinos. Uno de estos diseños fue inventado por Ari Jonsson y utiliza algas rojas.

Aunque todas estas propuestas tienen el potencial de revolucionar el mundo de los envases, lo cierto es que su producción también tendría un impacto sobre el planeta, se necesita mucha energía para fabricar productos. La innovación en los embalajes debería tener muy en cuenta la vieja máxima de menos es más.

La invención de una alternativa biodegradable al plástico no haría, sin embargo, que toda la basura que ya hemos acumulado en el océano desapareciera. Por eso es importante buscar formas de arreglar el gigantesco desaguisado antes de que crezca (aún más). Boyan Slat estaba en el colegio cuando empezó a pensar en una solución. No es de extrañar, por tanto, que su talento precoz y una inspiradora charla TED le hayan hecho muy conocido en todo el mundo.

El joven de 22 años ha dado forma a The Ocean Cleanup, una iniciativa con mucho potencial que consiste en instalar barreras flotantes en el océano para acumular el plástico que arrastran las corrientes. De esta forma los desechos se pueden sacar del mar para ser reciclados.

Los expertos también han propuesto otras ideas, como sintetizar las enzimas que producen algunos hongos. Estos organismos son capaces de degradar los sustratos de carbono para utilizarlos como alimento. Mucho antes de la existencia de cualquier otra vida en el planeta, los hongos rompían las rocas y las usaban para producir energía. Existen incluso algunas especies capaces de descomponer el plástico sin producir ningún tipo de subproducto tóxico.

Todos estos proyectos y tecnologías, que prometen salvar al mundo del desastre que hemos creado, no deberían convertirse en una excusa para librarnos de nuestras responsabilidades. El reciclaje es la primera idea que viene a la mente cuando pensamos en cómo podemos ayudar a proteger el planeta. Y, por supuesto, es una de las mejores que podemos tener (aunque no la única), sobre todo teniendo en cuenta que en España solo se recicla el 29% de todos los desechos urbanos.

Sin embargo, la medida más efectiva sería la de evitar desde el principio la generación de tantos desperdicios. Como consumidores podemos tomar ciertas decisiones que vayan en esa línea. Por ejemplo, en el supermercado podemos rechazar las bolsas de plástico al comprar la fruta o traerlas de vuelta una vez las hemos usado. También es una buena idea seleccionar aquellos productos que están envasados de la forma más ecológica posible.

La presión de los consumidores puede ayudar a que las cosas empiecen a funcionar de otra forma, pero lo cierto es que necesitamos un cambio a otro nivel, que replantee la forma en la que está articulada la producción. Y, por supuesto, el consumo, que debería pasar de ser un proceso lineal (fabricar, usar y tirar) a una economía circular, donde se maximiza el valor de los recursos para minimizar los desechos.

Hoy en día ya disponemos de las herramientas que podrían liderar un cambio real. El verdadero impedimento es el imperativo cultural que nos invita a consumir, a tener mucho más de lo que necesitamos y, por supuesto, a desecharlo después. A través de pequeños cambios en nuestro día a día, del uso responsable de materiales sostenibles y de diseños más eficientes podemos marcar la diferencia. Desde luego, esas iniciativas son una buena alternativa al escenario que plantea tanto derroche: un 2050 con más plásticos que peces en los océanos. Quizás, de esta forma, nos recordarán en el futuro como la generación que controló el grave problema de los plásticos e hizo del mundo un sitio mejor.

 

Comentarios (0)
0 Comentarios