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El poder de los olores, ¿Qué son las feromonas?

¿Lo hueles?

Seguramente no porque el olfato se adapta enseguida a cualquier aroma. Eso es justo lo que pasa cuando atravesamos la puerta de una habitación y enseguida nos invade su olor y luego, igual de rápido, se desvanece: no suele durar más de unos minutos, a veces incluso segundos.

El olfato no tiene buena reputación, siempre ha sido un sentido denostado por científicos y filósofos. Darwin llegó a decir que era el menos importante de los cinco. Lo cierto es que, aunque no nos demos cuenta, el olfato tiene una influencia mucho mayor de lo que creemos sobre las emociones, más que el tacto, la vista, el gusto y el oído.

Se trata de un sentido tan especial como incomprendido. Muchas son las teorías que intentan dar respuesta a un tema que intriga a los científicos desde hace décadas. Y, si te da en la nariz que es hora de salir de dudas, estás en lo cierto.

 

¿Qué son las feromonas?

El olfato tiene un poder emocional inigualable, tanto es así que un olor familiar puede llevarte hasta un sitio especial o a un momento determinado. Algunos animales, de hecho, se comunican mediante unos compuestos aromáticos llamados feromonas.

Imagina por un momento que para llamar la atención de esa persona especial solo tuvieras que levantar la axila; o que pudieses ligar con alguien, que estuviese al otro lado de una habitación, solo con el aliento. Todo sería mucho más sencillo, eso está claro, y aunque pueda parecer una fantasía, la mayoría de mamíferos se comunican mediante los olores. Y, como nosotros somos mamíferos también, tiene sentido que hagamos lo mismo.

Las feromonas son compuestos químicos que permiten a los animales mandar señales de su presencia a un colega, recorrer una jungla densa y marcar su territorio. Básicamente son un vehículo de comunicación que utilizan desde las algas hasta los elefantes.

Las abejas y avispas emiten feromonas para protegerse y dar forma a sus colmenas, además de para facilitar el apareamiento. De hecho, hay un tipo de avispa que hace uso de estos compuestos químicos para avisar a otras cuando está en apuros, para ellas las feromonas son igual que para las personas el whatsApp: lo usan para reunir a sus colegas en un determinado lugar.

 

"Una feromona siempre tiene el mismo efecto en el individuo al que va dirigida, de la misma forma que las hormonas siempre producen un efecto específico en las personas. No importa si eres hombre o mujer, joven o viejo, la adrenalina siempre acelera el corazón", explica Michael Stoddart, un biólogo y zoólogo que ha pasado décadas estudiando la conexión del reino animal con el olfato.

Sin embargo, la reacción de los humanos al oler feromonas es distinta, por supuesto que los olores pueden modificar o cambiar comportamientos, pero no es algo que pase de manera generalizada. Al contrario que los animales, las personas no reaccionan químicamente a los olores. Cuando un grupo de personas huele una rosa las reacciones fisiológicas y psicológicas pueden ser muy distintas, y es que los humanos no están programados para reaccionar de forma uniforme.

Algunos animales tienen, incluso, un sistema sensorial especializado que se utiliza para detectar feromonas, conocido como el órgano de Jacobson o vomeronasal.

“No hay una prueba inequívoca de que este órgano exista en humanos, aunque se aprecia en fetos, pero se atrofia mucho antes de nacer”, explica Michael.

El gen responsable de este órgano mutó en nuestros antepasados hace de 16 a 22 millones de años, desde entonces las feromonas dejaron de tomar parte en el proceso de reproducción de los humanos.

Michael, y por supuesto la ciencia, defieden que las feromonas no tienen ningún efecto, o incluso existen, en los humanos. De hecho, para la mayoría de las personas, las feromonas de los animales huelen mal, como a inodoro. Sin embargo, no hay duda de que los olores juegan un papel fundamental en nuestras vidas, y de que lo han hecho durante millones de años.

 

El más antiguo de los sentidos

Hace millones y millones de años que apareció la vida en la tierra. En concreto, formas de vida que nada tenían que ver con las que existen ahora, sobre todo organismos unicelulares y primitivos, parecidos a las bacterias.

"Las proteobacterias individuales podían detectar la presencia de alimentos y de sustancias nocivas en el agua, lo que les permitía alejarse. Lo fascinante es que el mecanismo bioquímico que les ayudaba a detectar sustancias químicas en el mundo exterior, es el mismo que usamos hoy cuando percibimos el olor de un desagüe bloqueado o un perfume sugerente”, explica Michael.

Esto quiere decir que, tras miles de millones de años, nuestro sistema olfativo no ha cambiado, pero sí la forma en que lo usamos. La nariz sigue siendo un detector de peligro: al percibir el olor a humo, por ejemplo, advertimos que algo se está quemando. Sin embargo, ya no necesitamos los olores para reproducirnos, orientarnos o defendernos.

La evolución ha liberado al ser humano de la esclavitud de los olores, de la que sí dependen otras especies, tal y como afirma Michael. Ya no reaccionamos de forma instintiva o incontrolada cuando percibimos unas notas de cierto aroma en el ambiente, la evolución nos ha enseñado a recoger información de fuentes diferentes. La difícil tarea de seguir vivos ya no depende de lo que olemos o dejamos de oler.

Pero todo esto no explica por qué ciertos aromas evocan emociones tan fuertes en las personas. ¿Por qué algunas fragancias nos hacen felices? ¿Por qué otras nos ponen nostálgicos? Lo cierto es que los olores, tal y como diría el poeta británico Rudyard Kipling, "tienen más fuerza que lo sonidos o las imágenes para hacer que se nos rompa el corazón".

Michael explica que ese poder sobre las emociones viene del olfato primitivo, porque incluso cuando éramos organismos unicelulares podíamos oler. Además, este sentido está conectado al cerebro de una forma diferente a todos los demás.

“Las células receptoras que se encuentran debajo del puente de la nariz están directamente conectadas con la parte del cerebro que controla las emociones”, continua el experto, que además añade:

“Desde la nariz hasta el cerebro solo hay tres neuronas. En los ojos, por ejemplo, hay muchas más. Esta conexión tan directa es consecuencia de la evolución y la antigüedad del sentido del olfato. La información que reciben los ojos y nariz no viaja hasta la parte emocional del cerebro, sino hasta los llamados centros superiores”.

Cuando coges una rosa y aspiras su aroma, esa información va primero al cerebro emocional y luego al racional. Los expertos en esta flor, que identifican a las especias por su aroma, necesitan esperar a que esa señal llegue al hemisferio cerebral correcto para descifrar el enigma.

 

Perfume y pasión

Entonces ¿qué conexión existe entre un aroma y el cerebro? La industria de la perfumería se basa en la idea de que los olores tienen un enorme poder de seducción, pero ¿es todo una mentira?

No, no lo es. Puede que las feromonas humanas no existan, pero eso no significa que los olores no afecten al comportamiento. Su firme control sobre las emociones tiene una explicación, que no es psicológica, porque tiene más que ver con la conexión asociativa que con la química. Eso aclara por qué conectamos una fragancia con un momento determinado o con un lugar especial, por asociación. Pero ¿no es esta idea un poco más romántica?

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