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Camboya Sonríe

He crecido en una sociedad donde no tiene cabida no tener estudios superiores, donde 20 años de tu vida los pasas entre libros. Nadie se plantea el hecho de no ir al colegio, es más, la enseñanza secundaria es obligatoria. Seguimos una ruta marcada, en la cual, lo único que eliges, es a qué quieres dedicarte. Esta elección la haces a temprana edad, cuando realmente aún no sabes que quieres hacer con tu vida. Te encuentras en que todo está pautado y tú simplemente tienes que elegir en función de tus cualidades.

Como muchos jóvenes, yo seguí el camino, sin ninguna obligación, pero no me paré a pensar en lo que estaba haciendo; ni en la suerte que tenía de poder estar cursando los estudios que había elegido. Mis padres se esforzaron por darme una oportunidad de futuro, era consciente de ello y sabía de su sacrificio, pero no aprecié suficientemente lo que estaba haciendo: simplemente eran 4 años académicos más (de universidad) para luego tener la opción de ser periodista. Otro tema son las salidas laborales que hay y si realmente es lo que uno quiere hacer.

Al acabar la universidad, debido a la poca oferta laboral y a mi pasión por los viajes, decidí irme a recorrer el sudeste asiático mientras trabajaba en diferentes hoteles para poder seguir viajando. Ese viaje cambió el rumbo de mi vida.

En Camboya, tuve la oportunidad de ir con un amigo local (Chamnan) a llevar leche en polvo a un bebé huérfano. Su situación familiar me conmovió y me hizo darme cuenta de todas las cosas que nunca había valorado. Uno de los niños de la familia caminaba casi una hora para llegar al colegio. Si a eso le sumamos las condiciones climáticas del país, donde se pasa de la época de lluvias a temperaturas máximas de 45º, es un gran esfuerzo ir y volver al colegio diariamente andando. Chamnan comentó que intentaría recaudar fondos entre sus amigos para comprarle una bicicleta al niño. Sin pensarlo dos veces, como un simple reflejo, decidí que yo colaboraría.

Así que Chamnan, el niño y yo nos montamos en la misma moto - lo nunca visto en la aldea - y nos fuimos a comprar la bicicleta. Esa fue la primera vez que colaboré de verdad con alguien y, al ver la sonrisa de ese niño volviendo a casa montado en su nueva bici, reflexioné sobre lo poco que había considerado todas las oportunidades que había tenido hasta la fecha. Con los sentimientos a flor de piel necesité varios días para poner mi mente en orden. Fueron días de apreciación e introspección de todo lo que había tenido a lo largo de mis 23 años. Cómo me había podido quejar de ir al colegio en autobús, o porque hacía frio, o simplemente porque me   daba pereza madrugar; y cuántas veces me había quedado en el bar de la universidad porque no me gustaba la clase. Me pregunté a mí misma muchas cosas, y en ese momento me di cuenta de que seguimos un camino educativo tan marcado, que no somos conscientes de todo lo que estamos viviendo.

En Camboya hay niños que no van al colegio porque no tienen uniforme, porque no tienen libros o simplemente porque tienen que trabajar en los campos o cuidar de los más pequeños. Nunca me había parado a pensar que somos unos suertudos por tener una educación de calidad donde nos preparan y nos enseñan unos valores útiles para nuestra vida diaria y futuro profesional. Para mí era lo normal hasta que conocí la realidad de muchos/as niños/as en la zona rural del país asiático.

¿Cómo iba a quedarme con los brazos cruzados? No podía hacer como si no hubiera vivido nada, cambié como persona. Pequeños gestos, pequeñas colaboraciones directas con Chamnan, hicieron que me diese cuenta de que todos estos/as niños/as se habían convertido en una parte indispensable de mi vida. No podía volver como si nada hubiera ocurrido. Volví a trabajar a España pero mi mente se quedó en Camboya. Fueron 6 meses que sirvieron para pensar, poner todo en orden y tomar la decisión que me haría luchar, aprender y vivir feliz: empezar el proyecto de Camboya Sonríe con Chamnan. Habían sido muchas emociones en pocos meses pero el hecho de darme cuenta de lo poco que había valorado la educación y que esos/as niños/as no tenían las mismas opciones, me hizo decidir que alguien tenía que apostar por ellos y darles una oportunidad de futuro.

Gracias a LUSH hoy en día es posible que 218 niños y niñas, en tan sólo año y medio, tengan una educación completa, y que yo siga eligiendo cada mañana esta vida y apoyando la decisión que tomé en su momento. Porque todos, vivamos donde vivamos, nos merecemos que alguien nos dé una oportunidad de futuro.

www.camboyasonrie.com

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